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Aquí empieza el camino
Compasión Actualidad


Por orgullo somos incapaces de soportar que los otros nos vean sufrir y fingimos que el dolor no existe.

Por amor intentamos proteger del dolor a los prójimos y ponemos al mal tiempo buena cara para no afectar a los que queremos.

Por un anhelo de justicia culpamos del dolor a una causa externa, nos sentirnos víctimas de un ataque inmerecido y desencadenamos contraofensivas violentas.

Por vergüenza llegamos a sentirnos culpables de nuestro dolor y nos volvernos como jueces de nosotros mismos.

Por un miedo extremo podemos incluso impedirnos sentir el dolor, construyendo una capa de pensamientos aislantes, o nos adherimos a creencias con gran fuerza de distracción.

La mente tiene la capacidad de hacer todas estas cosas y además combinarlas. Con ellas construimos nuestro patrón de conducta y cada vez lo aplicamos de modo más automático e inconsciente a las heridas del alma.

Si no fuera por estos patrones equivocados, viviríamos con fluidez, sin presentar resistencias a la vida, sin entrar en combate con la vida y sin huir de la vida. Pero estas estrategias son lo primero que se nos ocurre y, al principio nos envolvemos en ellas. Es fácil. Las tomamos regaladas del ambiente. Todo el mundo parece funcionar así. Es lo normal.

Cualquiera que sea la forma de la reacción, no ayuda a encontrar auténticas soluciones, pues el problema radical está siempre oculto en la parte más honda y oscura de la mente. La reacción se mueve en un nivel superficial del pensamiento y no tiene poder para calmar lo bastante el dolor ni disolver su causa. Lo que hace a largo plazo es aumentarlo, recrearlo y desviarlo a nuevas manifestaciones, cada vez más intensas y difíciles de abordar.

Al cabo de un tiempo largo aplicando estos patrones de respuesta al dolor, hay personas que se dan cuenta de que su lucha no les ha dado la victoria y sienten que tienen que corregir la estrategia. Se ponen a investigar, aunque les cuesta identificar en qué consiste el problema. Sin embargo, todas las antiguas soluciones ya no sirven y hay que seguir buscando.

Con suficiente atención e intención correcta, poco a poco van perdiendo el miedo y descubren que se puede mirar de frente al dolor, de modo que gradualmente podamos conocer su naturaleza. No ignorarlo ni reaccionar inmediatamente en su contra. Verlo y saber que lo sientes. Acercarte a las causas del dolor sin volver la mirada.

Querer averiguar qué te lo provoca. Saber si es evitable o no. En qué medida su intensidad depende de nosotros mismos. Darte cuenta de que, igual que tú, los seres que están cerca tienen dolor como un elemento de sus vidas. Ver que no todos los seres lo afrontan como tú. Preguntarte por qué.

Esta forma de relacionarse con el dolor es atenta, comprensiva y sobre todo paciente; el primer brote del amor en el alma. Y, por fuerza, paciente, porque el proceso es largo. Sabes que necesitas encontrar recursos que te permitan afrontar el dolor, pero no lo planteas como una batalla. Tampoco como una huida. Tienes que darte tiempo para encontrar por tí mismo.

Cuando alguien se acerca a un camino espiritual de los muchos que se ofrecen, conviene que reflexione sobre estas cosas, pues siempre se acerca a causa de su dolor. Le conviene ser consciente de que lo que quiere es probar una nueva manera de relacionarse con el dolor y ver si le permite conocerlo mejor y encontrar su sentido. Puedes creer que vas a entrar en una categoría distinta de ser humano que ya no siente dolor. Ojalá no sea así, porque esto desvirtuaría el camino convirtiéndolo en uno más de tus trucos dilatorios. Sería otra vez tu patrón equivocado de respuesta al dolor que no soportas, buscando hacerse más poderoso y alejarte de tí mismo.

Todo auténtico camino espiritual te dirá esto a las claras: que no pretende eliminar tu dolor, sino ayudarte a que lo veas como es. Y tampoco te permitirá engañarte con los logros: te moverás más libre y habrá más confianza en tu vida, pero siempre serás un aprendiz, siempre estarás empezando el camino, siempre necesitarás la misma intención atenta del primer día.

El camino será siempre nuevo para tí y cada día dirás: Aquí empieza mi camino.
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Julián Casabón