Muerte inesperada

EVOLUCIÓN FUNERARIA
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Desde los neandertales, que ya enterraban a sus muertos con rituales y acompañados de objetos (cuernos, adornos, etc.), la evolución también ha afectado a este ámbito de nuestra existencia. Así, haciendo un breve repaso, ha habido costumbres funerarias de depositar alimentos, armas, joyas o ajuares con los cuerpos yacentes de sus respectivos dueños, hasta culturas en las que se enterraba no solo a la persona muerta sino también a todo su séquito -esclavos, soldados, sirvientes, amantes- o sus animales -desde gatos a caballos- e, incluso, medios de transporte -carruajes, embarcaciones-, etc.; dándose también toda una “obsesión” por intentar conservar lo máximo posible el propio cuerpo, como en los casos icónicos de las momificaciones. Las tumbas de la civilización egipcia son el claro ejemplo de todo esto, así como el no menos sorprende mausoleo de Terracota, en China, que supone el paso de lo físico a lo representativo o figurado, desde todo un ejército a cuadrigas.
De esta evolución funeraria pienso que se puede extraer la lectura de que, con el desarrollo de nuestra especie, sobre todo en el nivel cognitivo o de consciencia, se ha ido produciendo un progresivo abandono de este tipo de prácticas, quizás debido al convencimiento de que todas esas cosas y objetos no pintaban nada en el llamado “más allá”. Pudiendo decirse que nos encontramos en, quizás, no el último pero sí en los estertores de la concepción materialista de la muerte, representada ya únicamente por el “apego” que todavía tenemos a nuestro propio cuerpo.
Me valgo por tanto de este proceso para abordar una cuestión que me parece muy importante, como es la donación de órganos. Habiendo presentado en su día una idea de proyecto a este respecto, considero que querer “irse” lo más íntegramente posible, sabiendo lo que pasa con nuestro cuerpo tras fallecer, lo comparo como cuando nuestros semejantes precedentes querían llevarse prácticamente toda su vida al más allá por medio de los objetos y demás cosas materiales que he referido antes. Y recuerdo que el cuerpo también es materia.
Si sabemos que no va con nosotros a la otra dimensión que nos espera, que se queda en esta y, de no hacer otra cosa, se descompone, no veo inconveniente en que sirva a otras personas que todavía necesitan de esos órganos porque los suyos los tienen mal o no funcionan. ¿No dejamos el coche, la casa o nuestro dinero aquí para que otros los usen, es decir, obtengan utilidad de ellos? ¿Por qué entonces nuestro cuerpo no, si también puede seguir siendo útil y servir, DE MUCHO, a otras personas, auténtica y vitalmente desahuciadas? ¿Dónde está o cuál es el problema para no hacerlo? ¿Las creencias o costumbres culturales, como pasaba con las que había en la antigüedad y que ahora nos parecen antediluvianas y/o prácticamente absurdas? ¿No es o resulta igual de absurdo pretender que nuestro cuerpo no sea utilizado más que con o para nosotros mismos?
Además, un último argumento para hacer de la donación de órganos algo universal, como la educación o la justicia, es desde el punto de vista del propio cuerpo. Yo quiero más a mi corazón, a mi hígado o a mis pulmones que a mi coche, casa o dinero; por lo que me parece mucho más lógico y más importante dar continuidad a todas las partes posibles de mi cuerpo. Dicho de otra forma, tras fallecer, ¿cómo podemos negarles la vida a esos órganos que tanto nos han valido?; con lo valiosos que son, ¿cómo podemos “condenarlos” a que se pudran o a quemarlos, sobre todo habiendo otras opciones?
Estoy hablando y postulando que la herencia corporal pase a formar parte de nuestro acervo cultural; lo que daría la vuelta a la situación actual de carestía de órganos para trasplantes, ya que lo lógico es que todo el mundo quiera que su cuerpo también “pase a mejor vida”; por lo que, de ser así, más bien habría “overbooking” o exceso de donaciones, más oferta que demanda y no como ahora.
En definitiva, pienso que le corresponde a nuestra especie dar el siguiente paso en materia funeraria, porque todo evoluciona.

Xosé Gabriel Vázquez
Doctor en Sociología y Profesor de la Universidad de A Coruña
Autor de Animal de realidades y de Guía existencial para (el) ser humano (Premio Diderot de Ensayo 2019)