Fundación Metta-Hspice


Infancia y adolescencia
EL MIEDO, DE PLATÓN A MANDELA
Textos para acompañar Social




En una de mis novelas favoritas de ciencia-ficción, Dune, escrita por Frank Herbert en 1965, y en su correspondiente versión cinematográfica dirigida por David Lynch en 1984, aparece una orden religiosa compuesta exclusivamente por mujeres que tienen una letanía contra el miedo que dice así:

No debo tener miedo. El miedo mata la mente. El miedo es la pequeña muerte que conduce a la destrucción total. Afrontaré mi miedo. Permitiré que pase sobre mí y a través de mí. Y cuando haya pasado giraré mi ojo interior para escrutar su camino. Allá donde haya pasado el miedo ya no habrá nada. Sólo estaré yo.

Contaba yo con quince años cuando la escuché por primera vez, en un cine de mi ciudad natal un tórrido día de verano.

Durante muchos años he recordado y recitado esta retahíla en momentos de incertidumbre y temor… y curiosamente, cuando más la necesité, ¡me olvidé de ella! En gran medida debido a este olvido, acabé acorralado, encogido y paralizado por mi propio miedo. Pero no nos adelantemos a los acontecimientos.

En la propia letanía anteriormente expuesta hay una frase significativa que me gustaría remarcar: el miedo mata la mente.

El miedo puede llegar a paralizar a una persona, a bloquearla, a estancarla en la propia emoción del miedo, sin posibilidad alguna por sí misma de buscar una solución o salir del círculo de condicionamientos que ha generado dicho sentimiento de temor.

Es por ello que, desde mi punto de vista, es cierto que en estas circunstancias el miedo puede llegar a paralizarnos, la mente se retuerce y recrea sobre unos mismos pensamientos negativos, impidiendo concentrase en nada más salvo en el miedo que nos atenaza. Además, y en la mayoría de las situaciones, el miedo viene acompañado por la ansiedad, un mal que nos provocará un más que real malestar físico generalizado en todo el cuerpo. Todo ello provoca la muerte de la mente, viendo esta muerte como la incapacidad o impidiendo de un razonamiento normal, y sin embargo no es una muerte definitiva  porque con voluntad, ayuda y tiempo, se puede revertir esta situación mental y hacer revivir nuevamente la mente.

Pero, yendo a la base de todo, ¿qué es el miedo? ¿se puede afrontar? ¿podemos erradicar el miedo?

El miedo en sí es una emoción natural que surge como respuesta ante una percepción de peligro, real o imaginaria, y está relacionado con dos respuestas físicas, el ataque o la huida. Ambas respuestas son adaptativas y pretenden la supervivencia de la persona que experimenta el miedo, de hecho, el miedo nos ha servido a los humanos para evolucionar y postergar nuestra especie a lo largo del tiempo.

Hace 300 mil años, en la época de los cazadores-recolectores humanos, al aparecer ante ellos una amenaza previsiblemente mortal, supongamos un hipotético tigre dientes de sable, nuestros ancestros tenían dos posibilidades, huir de él, lo que normalmente significaba dejar desvalido frente a las fauces de la fiera al miembro más débil del grupo, o bien hacerle frente con las armas prehistóricas de que disponían, en un duelo en el que, o bien uno moría o bien uno acababa por retirarse.

No obstante, existe una tercera respuesta ante el miedo, mucho menos conocida, la parálisis… un mecanismo utilizado por muchos animales para mimetizarse con el entorno y así pretender pasar desapercibidos, o incluso hacerse el muerto, intentando engañar a la potencial amenaza. Un ejemplo de este comportamiento lo tenemos en la sábana africana, cuando las gacelas son maestras en hacerse las muertas para evitar ser devoradas por los grandes depredadores felinos que no se alimentan de carroña.

En el ser humano, y con respecto a la mente, la parálisis por miedo se produce cuando esta emoción es tan intensa que inhibe las opciones de huida o enfrentamiento, lo que provoca que nos distanciemos, de cualquier posible solución que pudiésemos plantear.

Anatómicamente, dentro de nuestro cerebro se encuentra una estructura denominada amígdala, que no es otra que la responsable de nuestras respuestas emocionales, y es la misma que genera nuestras reacciones de miedo.

La función de la amígdala consiste en inspeccionar constantemente toda la información que llega al cerebro con el fin de detectar cualquier amenaza para con nuestra vida y de orquestar una rápida respuesta fisiológica a fin de tratar con dicha posible amenaza y aumentar nuestras posibilidades de supervivencia.

Aunque durante la evolución del ser humano la amígdala ha ejercido una función primordial que ha contribuido a la supervivencia del individuo, las circunstancias en la actualidad han cambio y el ser humano hoy en día no se enfrenta a los mismos retos de perduración de la especie de hace miles de años. Sin embargo, y a pesar del transcurso de cientos de miles de años, nuestro cerebro, y en concreto la amígdala, hoy en día, sigue actuando de la misma forma de hace miles de años.

Por tanto, el miedo es una reacción natural, originada en nuestro cerebro, que se genera frente a una amenaza, real o imaginaria, para aumentar nuestras posibilidades de supervivencia.

En este punto debo de declarar que he experimentado un miedo atroz, paralizante, desde el momento en que me diagnosticaron un cáncer en estado IV.

El miedo me sobrevino al imaginar el desenlace, un final fatídico, viviendo mentalmente escenas realmente dramáticas de un futuro incierto e irreal, sin llegar a tener un control real sobre la continua sucesión de dichos pensamientos negativos autodestructivos que generaba mi mente.

A su vez, este miedo venía acompañado de un amigo suyo, el sufrimiento, tanto mental como físico, y conocido con el nombre de ansiedad.

Por si fuera poco, estos pensamientos negativos sobre una situación futura imaginaria, no hace sino nutrir aún más nuestros temores pudiendo llegar a bloquear e impedir la toma de decisiones. Así, cuando estas ideas negativas se instalan en nuestra mente, cualquier posibilidad de actuar por sí mismo para evitarlas puede llegar a quedar obstaculizada… lo que confirma el dicho “el miedo paraliza”.

El diagnostico de un cáncer provoca miedo, todos somos conscientes de la “mala prensa” de esta enfermedad. Un cáncer altera la pauta de la realidad que llevábamos hasta ese momento. Debemos readaptarnos a la nueva situación, una realidad en la cual experimentamos una sensación de incertidumbre y peligro para con nuestra propia existencia, lo que provoca que nuestro cerebro reaccione a dicha amenaza a través de la amígdala, exactamente de la misma forma en que reaccionaría en aquel cazador humano de hace miles de años frente a la amenaza de ser devorado por un tigre dientes de sable, ¡provocando una sensación de miedo!

 


El miedo al ser una reacción natural, de adaptación al entorno cambiante e incierto, éste actúa como una estrategia de defensa ante los peligros. Así es como lo expuso Leonardo DaVinci cuando expuso “así como el coraje pone en peligro la vida, el miedo la protege”, o siglos más tarde Madame Curie al enunciar “dejamos de temer aquello que empezamos a conocer”.

La incertidumbre, el no saber, es sinónimo de desamparo, y ello nos lleva irremediablemente al miedo ante lo desconocido.

Si bien el miedo es una reacción natural, ¿podemos anular el miedo?

Aristóteles decía que aquel que no sentía miedo era un loco o un insensato. Y en palabras de Julio de la Iglesia, TEDAX y coaching de gestión del miedo, tener miedo es inevitable, pero superarlo es una decisión personal.

Por mi experiencia, puedo y debo dar crédito a las palabras de Julio. No, el miedo no puede suprimirse. Lo he intentado con todo mi ser, y no me ha sido posible. 

He investigado y profundizado en este tema durante meses y lo que he sacado en claro es que el miedo no puede anularse por completo, no existe un “interruptor” que lo apague, pero se puede llegar a vivir con él, controlándolo, sabiendo que existe y que está ahí, agazapado en un rincón oscuro de nuestra mente, listo para saltar sobre nuestra conciencia y llevarnos a la desesperación, pero ante ello tenemos herramientas que podemos utilizar para frenar su avance y mantenerlo a raya.

Así que, cuando alguien dice que no tiene miedo, se está autoengañando, o bien trata de exorcizar dicha emoción, pero sinceramente y en mi opinión, sin mucho éxito.

¿Podemos y debemos enfrentar directamente la emoción del miedo?

Podemos, pero en mi opinión y experiencia no debemos hacerlo sin antes tener un método y una supervisión profesional. Si afrontamos el miedo sin un control, sólo conseguiremos llevar nuestra mente a centrarse en esta emoción negativa y la ansiedad que conlleva, lo que provoca que, sin darnos cuenta, estemos alimentando esa sensación de miedo, reforzándola… o eso fue lo que me ocurrió a mí.

¿y entonces?

El miedo, en el contexto en el cual expongo mi experiencia, el diagnostico de un cáncer en estado IV, incurable según los oncólogos, me vino provocado por tres motivos esenciales: el ser consciente de “una muerte anunciada” de acuerdo con el pronóstico médico, la alteración del status quo de mi rutinario ciclo de vida, y la incertidumbre futura, una inquietud sobre qué ocurrirá en el futuro con mi enfermedad, y sobre todo en cómo quedaría mi familia si ocurriese el fatídico final.

El que mi mente se centrase en vivir en un futuro adverso, un futuro ficticio y sombrío que sólo existía dentro de mi cabeza, me llevó a un estado de profunda ansiedad, lo que a su vez provocó un malestar generalizado en todo mi cuerpo. Perdí el apetito, el estómago se convulsionaba y me provocaba ataques de nauseas, no quería moverme, deseaba estar echado, apenas dormía y me despertaba sobresaltado con una gran inquietud, y mi mente, mi mente se retorcía alrededor de probables acontecimientos futuros inventados por ella misma, todos ellos perjudiciales que en nada me ayudaban.

Mi cuerpo se movía en el día a día como un autómata, repitiendo las mismas acciones que había hecho durante años, pero mi mente vivía fija en un futuro inquietante, incierto, inseguro y, sobre todo, nocivo y negativo.

Estaba atrapado dentro de mi cuerpo en una espiral destructiva descendiente, en la que podría decir que llegué a atravesar esa la maldita puerta sobre la cual podemos leer la infame inscripción, “abandonar toda esperanza, quienes aquí entráis”, rememorando la famosa obra de Dante “La Divina Comedia” al cruzar el viajero las puertas del infierno.

Y no es un mero recurso literario, caer en la desesperación del miedo paralizante y en las garras de la ansiedad es experimentar un pequeño infierno personal.

Pero aún en el momento más oscuro, siempre queda un pequeño resquicio de luz, de esperanza.

Me encontraba en un estado mental penoso, completamente abatido, derrotado, sin embargo, y no recuerdo como ocurrió exactamente, pero entre tanto dolor y desesperación encontré la fuerza para levantar la mano y pedir ayuda.

Esta ayuda y el principio de recuperación vino de manos de un profesional, un psicólogo, en concreto el psicólogo de la Asociación Española contra el Cáncer de Toledo, provincia en la que habito.

En esa primera charla que tuve con la psicóloga, reconocimos lo importante y determinante que significaba aquel pequeño paso que había dado, aquel grito mudo de auxilio que se elevó desde el interior de mi ser.

Fue en aquella entrevista donde reconocí el miedo, la ansiedad y la fijación perniciosa en un futuro incierto e inexistente.

Había algo que tenía que hacer para salir del profundo pozo en el que me encontraba, y sólo yo podía llevarlo a cabo, y esto no era otra cosa que cambiar mi pensamiento desde el futuro falso en el que me mi mente se encontraba atrapada, a concentrarme en el ahora, todo lo que me rodeaba y me sustentaba, mi familia, mis amigos, la situación del hoy en día, y la realidad de mi enfermedad en el momento presente.

Parece sencillo de decir, ¿verdad? Pues debo reconocer que es muy difícil, extremadamente difícil de llevar a cabo, un camino no exento de dificultades y de momentos que nos harán retroceder en la recuperación e incluso tener que volver a comenzar de cero en algún momento.

Aun con la ayuda profesional, y con el soporte de mi familia y amigos, la tarea se volvió titánica, como si fuese el mismo protagonista del mito de Sísifo, me encontraba subiendo una enorme y pesada roca por un camino empinado.

Comencé a leer textos y ensayos, a visualizar conferencias y discursos sobre cómo superar el miedo, y todas ellas se basaban en el mismo principio de cambiar el pensamiento, de dejar de pensar en un futuro inexistente y centrarse en el presente… ¡que fácil de decir! ¡cuando difícil de llevar a cabo!

Y de repente volví a encontrarme con la letanía de aquella novela de ciencia-ficción que hacía tantos años había leído, y más concretamente con un pasaje de la misma “…Afrontaré mi miedo. Permitiré que pase sobre mí y a través de mí…”

Fue entonces cuando verdaderamente me percaté de que debía de optar por otra estrategia para afrontar mi miedo.

Para vencer el miedo necesitaba una motivación, un para qué, un valor fundamental que me impulsase a actuar con coraje y determinación. Pero no un valor cualquiera, sino uno que fuese superior al esfuerzo que conlleva la ardua tarea de superar el miedo.

En mi caso mi motivación era vivir, vivir lo máximo posible con una relativamente buena calidad de vida junto con mi familia, y sobre todo llevar a cabo todas aquellas acciones que estuviesen en mi mano para que, si llegase el momento de la despedida, dejar a mi familia en una buena posición para su subsistencia.

Si el miedo se basa en la incertidumbre, ¿qué es lo contrario del miedo?, la seguridad… ¿y cómo alcanzarla?

Para comenzar debemos cambiar la palabra miedo por falta de conocimiento, y partiendo de este hecho recabar toda la información que nos saque de la ignorancia, nos permita analizar la realidad tal y como es… no como me imagino que fuese.

El miedo nos lleva a hacernos preguntas sin resolver, y para combatirlo lo que debemos de hacer es aportarles respuestas veraces y viables.

Para controlar el miedo debemos de tener en cuenta tres parámetros, Cuerpo-Mente-Atención.

Debemos de adoptar una actitud corporal de victoria, estirar el cuerpo, levantar la cabeza, mirar de frente. 

Nuestro cuerpo le dice a nuestra mente como actuar. Al adquirir una actitud corporal positiva le estamos diciendo a nuestra mente que estamos preparados para el desafío, es similar a poner un vigilante con una barrera en nuestra mente, que deje pasar sólo a aquellos pensamientos positivos y bloquee a todos aquellos que nos perjudican.

Centrarnos en el presente, lograr una actitud plena en el momento presente. Nosotros tenemos la cualidad de elegir voluntariamente donde poner la atención, es elección nuestra.

Tenemos que tener presente que la angustia está estrechamente relacionada con mantener la atención en un futuro imaginario totalmente negativo y desalentador. Si cambiamos nuestra atención, hacemos que la angustia se reduzca y al final desaparezca.

¡Mantengamos a raya a nuestra la imaginación desbocada!

Nuestro futuro está estrechamente relacionado con lo que hagamos aquí y ahora.

Personas que se vuelcan en el papel de víctimas, esperando resignadas su suerte, se convierten en parte del problema… quejarse, lamentarse, no aportan valor, nos darán la razón, ¡si cierto!, nos consolarán, ¡también! Pero, ¿Qué beneficio obtenemos con ello? …en pocas palabras, ¡ninguno!

El camino a adoptar es dar lo mejor de nosotros en lo mínimo que hagamos.

Sólo con la acción se supera el miedo. Así que, ¿Como queremos vivir? ¿Como cobardes o como valientes? La elección es únicamente nuestra.

 


En el contexto de mi experiencia, si básicamente el miedo es la reacción a una sensación ficticia de una situación de descontrol que se apodera de nuestra mente, a través del dominio de la respiración y mantener la atención en los movimientos respiratorios, podremos llegar a un estado de tranquilidad y centrarnos en el ahora…  lo que conlleva a que esta sensación sea interpretada por el cerebro como un indicador de control. Así, estamos mandando al cerebro un poderoso mensaje, nosotros somos quienes controlamos la situación, y esto inicia una reacción en cadena que provoca a su vez a que el miedo retroceda, se reduzca y acabe arrinconado.

Al fin reconocí que mi miedo provenía, principalmente, de la incertidumbre al acto de morir, al acabar con todo, y mi mente fantaseaba con un futuro imaginario de dolor, sufrimiento e inquietud.

Pero al final llegué a comprender que vivir con miedo a morir no es vivir, es sobrevivir, a subsistir básicamente en constante sufrimiento.

Parafraseando a Julio de la Iglesia, No tema morir; tenga miedo a perderse la vida

Entonces, ¿Cómo llegué realmente a superar mi miedo a la muerte, a vivir la vida?

1.- Aprender a tolerar la incertidumbre

La incertidumbre está a la orden del día. ¿Qué pasará mañana? ¿Qué haré el año que viene? Pensamos en el futuro, pero nunca sabemos lo que nos puede deparar. A veces nos ponemos en lo peor, pero realmente no podemos saber qué puede ocurrir. Sólo hoy puedes hacer algo para determinarlo en cierta forma, y aun así es incierto.

En esta vida no tenemos nada garantizado… miento, sólo hay una cosa cierta y segura, que algún día moriremos, pero hasta ese momento, debemos por encima de todo… vivir.

Tenemos la sensación de que podemos controlar nuestras vidas hasta que aparece una situación que nos vuelve a la tierra y nos hace ver que existen imprevistos y sucesos que escapan a nuestro control y que tenemos que aprender a sobrellevar.

Es por ello que tolerar la incertidumbre es esencial para poder seguir adelante y vivir el presente sin asfixiarse por el futuro. Es normal sentir curiosidad por el qué pasará, pero es una preocupación anticipada e innecesaria.

2.- Vivir el presente y marcarme pequeñas metas realistas que me aportasen valor

¿Qué te gustaría hacer? ¿Qué te gustaría conseguir? Plantéate estas preguntas y a partir de ellas elabora planes, objetivos y metas encaminados a corto o a largo plazo hacia aquello que quieres conseguir. Los objetivos tienen que ser simples y concretos.

Haz una lista, ponla en un sitio visible para acordarte de cada una de tus metas, de esta forma cada día recordarás los pasos que tienes que hacer ahora para llegar hasta ellas.

En mi caso me propuse escribir un libro sobre el cuidado de la raza de mi perro, los bichones habaneros, y en especial la atención al mantenimiento de su pelo largo y sedoso… ¡lo hice! Lo tengo publicado en Amazon y creé su página en Facebook para darle visibilidad.


Luego me propuse escribir un segundo libro sobre el camino recorrido en estos casi 2 años con la enfermedad del cáncer. Aún está en marcha, pero casi culminado.

También me propuse colaborar con alguna fundación o asociación para aportar a otras personas mi experiencia con el fin de aportar mi granito de arena para que ellas pudiesen valerse de esta veteranía para mejorar, física o emocionalmente. Si lo consiguiese bien valdría la pena el esfuerzo realizado. ¡y estoy en ello con la Fundación Metta-Hospice!

Además de éstos tengo otros pequeños proyectos que me ayudan a mantener mi mente centrada y alejada del miedo.

3.- Investigar y aprender

Me planteé investigar todo cuanto pudiese sobre la conciencia, la conciencia humana como entidad energética (podemos llamarlo alma, espíritu, ser interior, etc.) y su relación con los últimos descubrimientos en el campo de la física cuántica, así como las últimas teorías en neurociencia e investigación sobre fenómenos extrasensoriales, como por ejemplo las ECM.

He perdido la cuenta de estudios clínicos, teorías, experiencias que he recolectado en varios idiomas, leído y correlacionado… ¡y sigo con ello!

4.- Control mental

Comencé a practicar la meditación, poco a poco, hay que reconocer que al principio no es fácil, y últimamente además estoy muy interesado por las experiencias de conciencia alterada y lo que éstas nos pueden aportar para hacer “evolucionar” nuestra mente… ¡ahí estamos también!

5.- Cerrar brechas

Muchas veces se tiene miedo a la muerte o a morirse por miedo a dejar brechas abiertas y ya no poder hacer nada con ellas.

¿Tienes algún problema con alguien allegado? Ahora es el momento de actuar y poder solucionar cosas que nos quedaron pendientes, con personas que nos importan y con las que no queremos dejar esa espinita clavada.

¡Y dicho y hecho!

Incluso registré mis actos de última voluntad, así me quedó la tranquilidad de que, en el momento de encontrarse mi cuerpo en una situación crítica o incluso de morir, mi familia y los profesionales sanitarios no tendría que preocupase por qué hacer, ya lo había dejado escrito, certificado y registrado… Además indiqué que canciones quería que sonasen cuando muriese, como “Show must go on” del grupo británico Queen (un guiño y broma final, pero con un mensaje bien claro… yo ya no estaré, pero el mundo seguirá girando sin mí)

5.- Aceptar la muerte como parte de la existencia

Nosotros estamos en este mundo gracias a que nuestros antepasados nos dejaron su lugar, y como ciclo de la vida, nosotros delegaremos nuestro lugar a nuestros descendientes.

Pensar en que el final de nuestra existencia es morir supone no disfrutar del ahora, porque todo aquello que vivimos se quedará en recuerdos, y esos recuerdos son momentos que solo se viven en el presente.

Personalmente no creo que la muerte sea el final de todo… sino que, para mí, la muerte es un cambio, lo que verdaderamente muere es el cuerpo físico, no la energía, conciencia, alma o espíritu que somos nosotros en verdad, ésta simplemente cambia de estado, trasciende al plano físico de esta realidad material y continua su camino, un camino en el que no estaremos solos y en el cual nuestros seres queridos se nos unirán deseando que sea más tarde que pronto.

Para terminar, resumamos lo que hemos aprendido:

1.- El miedo como sensación natural no puede ser apagado

2.- Se puede aprender a vivir con el miedo y a mantenerlo bajo control

3.- El proceso de aprendizaje para controlar el miedo es un arduo camino

4.- Se necesita encontrar la motivación que supere al miedo

5.- Plantearse pequeñas metas alcanzables que nos permitan vivir en el día a día

En última instancia recordar que somos nosotros mismos los que debemos salir de la situación de miedo y querer realmente hacerlo.

Por último, un par de citas que aportan cierto valor en la tarea de vencer al miedo.

 

El hombre valiente no es el que no siente miedo, sino aquel que conquista ese miedo, Nelson Mandela

Cuando la muerte se precipita sobre el hombre, la parte mortal se extingue; pero el principio inmortal se retira y se aleja sano y salvo, Platón

 

 

Un cordial y afectuoso saludo.

-- T.